SOÑAR CIUDADES CON VICTOR MORENO



José Ramón SánchezVíctor Moreno vive en la Gran Ciudad.
En ella, además, trabaja y pinta.
Es funcionario, como Kafka. Y, en vez de escribir, como el funcionario de Praga, pinta como Paúl Klee o Marc Chagall.
Las mañanas, para el trabajo. Y así como Franz Kafka era un funcionario especializado en temas jurídicos, Víctor Moreno es funcionario especializado en temas de Diseño. El caso es que el uno y el otro dividen su vida en mañanas para trabajar y tardes-noches para soñar. El de Praga soñaba pesadillas y las traducía en palabras. El de la Gran Ciudad sueña ciudades y las traduce en imágenes.
Todas las mañanas Víctor comprueba que la Gran Ciudad está construida hacia arriba. Pequeños y medianos rascacielos que se apretujan hasta la especulación y que se ahogan entre sí con el paso de los años.
Por las tardes-noches sueña ciudades pequeñas. No son modernas, pero tampoco parecen de la Edad Media. Hay torres románicas y cúpulas renacentistas; hay fachadas limpias y otras sembradas de ventanales; en muchas de las arquitecturas no sobrepasan las tres alturas, aunque la mayoría son de una sola planta. Son pequeñas ciudades, intemporales, como pintadas con sensaciones de épocas diversas, como diseñadas para dialogar entre lo antiguo y lo moderno. Algunas fachadas parecen inclinarse ante otras de mayor prestancia. Pero aún las más inclinadas no dejan de resultar serenas y equilibradas. En la Gran Ciudad reinan los rascacielos pequeños y medianos. En la mini ciudad de Víctor no reina ni cúpula, ni torre, ni muralla. Todo parece construido para vivir y pintar al mismo tiempo.

En la Gran Ciudad apenas se distinguen los colores. La polución y el cemento pueden explicar por qué. No se alegran los ojos de Víctor cuando atraviesa, de lunes a viernes, la ciudad porque faltan azules intensos, amarillos de fuego y verdes de fiesta. Está deseando Víctor soñar sus tarde-noches en pequeñas ciudades llenas de color. Y no se conforma con fachadas cremosas y torres teñidas de lila. Sueña tejados violáceos y árboles azulados. Incluso cuando sueña grises, parecen relucir de puro entonados. Y las colinas reverdecen y las tierras pardean. Rojos, los justos. Amarillos, allí donde sean reclamados.  

En la Gran Ciudad no existe el mar. El ambiente es seco y llueve cuando no debe. A Víctor se le reseca la piel durante sus horas de funcionario gráfico, y está deseando sus tardes-noches soñando con ciudades húmedas. Con el mar por detrás, con un pequeño lago a un lado.
Con muchos árboles que hablan de corrientes subterráneas y con muchas nubes que presagian agua. Incluso a veces, las ciudades de Víctor reciben una lluvia de diseño, de grandes gotas, alineadas una tras otra, como si fuesen a desfilar en una celebración militar. A Víctor, en las tardes-noches se le hidratan las carnes mientras pinta una nube pasajera, una lengua de mar, un aguacero de gotas contadas. Y aunque por las mañanas en la mesa de dibujo de la oficina siente áspera la piel, por las tardes-noches se siente como pintando en una playita de Levante.
En la Gran Ciudad lo que sobran son multitudes. Igual viajar en coche que coger el metro. El mismo agobio en una cafetería o en un parking. En la calle y en la oficina, multitudes. En los parques y en los cines, demasiada gente también. No hay lugar en la Gran Ciudad para la soledad, aunque todos los que allí viven parecen los más solitarios de la tierra.
Cuando Víctor vuelve a casa y la familia le deja soñar unas horas, decide que en sus ciudades de cuento no se vea a la gente. Existe la gente, claro, pero no necesita salir a la calle o asomarse a las ventanas para ver que pasa fuera. La gente que vive en las casas de Víctor solo sale para ir al trabajo.
Víctor nunca ha pensado porqué sus ciudades están desiertas. Yo, que soy su amigo y ahora pienso por él, encuentro una razón que sólo se entiende cuando se ha vivido una tarde-noche en su casa, haciendo meditación, conversando de pintura o de libros, cenando lenguados y admirando a una familia de cuatro, que además de guapa, es buena y generosa.
Víctor pinta casas cerradas porque los que en ellas viven no necesitan salir a la Gran Ciudad para pasárselo bien. Lo más hermoso de las ciudades de Víctor no es que sean pequeñas, coloristas y con agua. Lo más hermoso es que, cada cual, encuentra su paz en el interior de cada casa.
Si Kafka hubiera conocido a Víctor le hubiese envidiado sin rubores. Los sueños del funcionario de Praga siempre acaban en laberintos agobiantes, puertas al vacío, castillos en el páramo, procesos implacables y metamorfosis horripilantes. Los sueños del funcionario gráfico de la Gran Ciudad posiblemente no le consigan la gloria “post mortem”, pero, al menos, le hacen vivir tardes-noches jugando con ciudades pequeñas donde el agua humedece, los colores alegran y la soledad se convierte en vida hacia dentro.


Fdo: José Ramón Sánchez
              Pintor






 

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